lunes, 4 de febrero de 2019

Quién te invitó...


Nadie lo ha invitado a pasar, nadie quiere su presencia, es un invitado non grato. Pero a el no le importa, no pide permiso, no necesita invitación, se busca mil artimañas y se cuela por donde puede. 

Una vez dentro, en medio de tanto invitado, pasa desapercibido, comienza su baile en el salón y nadie repara en su presencia. Pero ahí está el, campeando a sus anchas y haciendo de las suyas, sigiloso y de puntillas cual ladrón de guante blanco.

Y por esas casualidades de la vida, me tropiezo con el, me saluda y me invita a bailar. Amablemente le devuelvo el saludo y por educación, que para algo me la enseñaron desde chica, acepto bailar con el. No le conocía y ojalá nunca lo hubiese conocido, ese baile fue el comienzo del baile más terrorífico de mi vida.

¿Quién te invitó? ¿Quién te dijo que me saludaras? ¿Por qué a mi? ¿No podías haber dejado mi vida como estaba?

Pues es tan sencillo como que era una más de las invitadas a esta fiesta de la vida y se tropezó conmigo, como con tantos otros que aceptaron sin poder evitarlo el bailar con el más feo de la fiesta, sin saber lo que eso iba a significar.

Llegaste a mi vida sin ser llamado ni buscado, pero te metiste hasta los tuétanos y me fuiste comiendo por dentro. Elegiste la habitación de mi cuerpo que se te antojo, y no pude prohibirte la entrada, cuando me di cuenta estabas completamente instalado en ella y te hiciste dueño de la misma. 

Y ahí comenzó mi lucha para desalojarte, habías invadido y arrasado parte de mi propiedad privada y querías más habitaciones, tu ansia por poseerla era imparable. 

Pero me dije, no, no vas a poder conmigo, soy una guerrera y lucharé con todas mis fuerzas para acabar contigo. Con las mías y las de todos los que me apoyaban y ayudaban a combatirte, porque sin ellos, sóla ante tan peligroso enemigo dudo que hubiese podido.

En mi cabeza tan solo una frase "en el amor y en la guerra, todo vale". Pues la guerra había comenzado, abiertamente te la declaré y fui a por ti con todas las armas habidas y por haber. Cada vez que mi mirabas, lo único que veía en tus ojos era muerte y olías a final. Pero no te lo iba a permitir, tu no me ibas a ganar la guerra. 

No diré que no tuve miedo, tuve y mucho, temblé, lloré, grité, maldije hasta no poder más, sufrí e hice sufrir mucho a aquellos que me acompañaban, pero que a pesar de todo no me soltaron jamás la mano. No me faltaron palabras de aliento, caricias en los momentos más duros e incluso payasadas que me hacían sonreír, bailaron conmigo ese baile terrorífico sin flaquear al menos ante mis ojos.

El enemigo era muy poderoso, fuerte y firme, se resistía a los envites, empujones, sacudidas y golpes que se le iban dando. Pero el buen guerrero si tiene que morir, debe ser con las botas puestas y empuñando el arma con fuerza.

Nunca perdí la esperanza, me asía a ella como a un clavo ardiendo. Y de pronto un buen día, el poderoso recibió un disparo certero, tan certero que lo debilitó hasta la agonía y muerte. Le habíamos ganado la guerra, sí habíamos, no era una guerra sólo mía, era la guerra de todos los que con sus ánimos, fuerzas y su lucha sin cuartel permanecieron a mi lado hasta el final de la misma.

La guerra había acabado, y salimos victoriosos. Le ganamos al invitado non grato, su nombre es CANCER y su apellido DESPIADADO.

No siempre se le puede ganar a un enemigo tan poderoso, pero jamás hay que abandonar la lucha, porque en ese preciso momento has perdido la guerra.

Desde aquí, animo a todos los valientes guerreros que están en esa lucha sin cuartel, no perdáis nunca la esperanza, porque poder se puede. 









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