miércoles, 21 de septiembre de 2016

Te lo cuento o te lo explico...

Mis verdades y yo, seguramente no serán grandes verdades, tal vez para alguien ni si quiera sean verdad. Tampoco es algo tan importante, a mi me valen, a mi me curan, o tal vez, me avivan las heridas... ¡Depende del momento!

Intentando ser normal... Escondiendo mis respuestas en el fondo del armario, de donde creo, que no deberían haber salido.

Los bares nos han descubierto, nos abren los brazos y nos dejan ahogar miserias entre sus barras. No es una solución cambiar, lo sé, pero las fuerzas ya no son lo que eran y yo tampoco, quizás los años me volvieron cobarde o tal vez, no fueron los años...

Mi vida está plagada de equivocaciones, me equivoqué esperando que un lobo se vistiera no de cordero, sino de persona. Evidentemente no lo hizo, y yo me vi en demasiados callejones, me reconocí en demasiadas miserias. Pero aquello, el final de aquello, era una ventana llena de esperanza. Suena estúpido, pero... volver a ser, era todo un reto. Recuperar las cosas perdidas, empezar desde cero, o desde menos diez. ¡No importa! Era volver a sentir a pesar de lo que dolía, había demasiadas esperanzas como para bajar los brazos.

Ahora, las esperanzas no aparecen, los retos, ya no están. No hay nada que volver a ser, porque llegué a serlo, volví a ser Yo, sin corazas, sin caretas, sin mentiras. Volví a ser la imagen del espejo y mis verdades a bocajarro. Volví a ser, sin más.

El fracaso ahora, es una cruel conclusión, porque ya no hay posibilidad de cambio, ya no hay disfraz al que echarle la culpa. El fracaso es mío, no abandoné mis sueños, no cambié para buscar complicidad, no alteré mi carácter para evitar conflictos, fui simplemente yo... Y no sabría explicar porqué esa primera persona del singular, ahora, no encuentra tiempo verbal en el que reconstruirse. Absurdo quizás... seguramente.

Y aun así, me empeño, doy pasos, camino, hago planes y alquilo habitaciones en castillos de arena, aunque quizás, las pido sin ventanas... 


Mala compañera de viaje

Todos hemos sentido envidia alguna vez, es inevitable, es parte de ser "humano". Lo realmente importante es que hacemos con ese sentimiento. Si la envidia no se controla y, por el contrario, crece y crece, en lugar de quedarse en el pensamiento, puede pasar a la acción y ahí transformarse en algo muy peligroso. Una persona con envidia, puede hacer mucho, mucho daño. Puede planear venganzas, puede hacer que nos quedemos sin amigos, puede hacer que dos personas que se quieren se alejen, puede inventar rumores sólo para perjudicar a otro. Además este sentimiento tan común, puede llegar a ser altamente autodestructivo si no se domina.

La envidia es un fenómeno psicológico, un sentimiento muy negativo, que hace sufrir en demasía tanto a los envidiosos como a sus "víctimas". El envidioso es un insatisfecho, un frustrado, que siente consciente o inconscientemente rencor contra las personas que poseen algo, ya sea belleza, dinero, poder, éxito... y que el no puede o no quiero desarrollar o tener. Experimentan un ansia insaciable de destacar, de ser el centro de atención, de ser el más y el mejor en todas las circunstancias.

¿Por qué el y no yo?, se pregunta el envidioso, que no acepta de ninguna manera el triunfo ajeno, sobre todo, cuando la persona envidiada no tenía nada y por su esfuerzo o suerte o por la razón que sea ha logrado tener alcanzar el todo. No hay nada más envidiable en la vida que la suerte de quien posee el "juguete" que deseamos tener. De modo que esta competencia abierta, en la que uno ambiciona en ser o tener lo que otro posee, es casi natural que el envidioso busque por todos los medios la caída de su "rival", impulsado por esa creencia innata de que nadie es tan capaz y perfecto como él mismo.

En la envidia, todo vale, la ley de la selva o el sálvese quien pueda o tonto el último. Los envidiosos, para lograr la caída de su rival, insultan, difaman, acusan, y lo que es peor, cuando ya se quedan sin esos argumentos, hacen de la mentira una verdad y esa verdad la convierten en basura, suelen ser como serpientes venenosas o navajas de doble filo. Hay que cuidarse de los envidiosos, te dan el beso de Judas, te clavan el cuchillo por la espalda.

La envidia es el pecado capital del individuo y la hermana gemela de la hipocresía. Los envidiosos en potencia, que viven "a Dios rogando y con el mazo dando", tienen un denominador común, suelen ejercitar la maledicencia y el gusto por encontrarle defectos al sujeto es cuestión, con el fin de exaltar sus debilidades y menoscabar sus virtudes. En el mundo del arte, de la cultura, de la política y por supuesto, del periodismo, abundan quienes conspiran a espaldas de los que ejercen su misma profesión, de ahí viene el dicho "Tu colega es tu peor enemigo", debido a que la debilidad con los colegas, no sólo en el celo y el odio, sino en la traición también. En cuantos momentos de la vida, el amigo de mayor confianza por pura envidia puede trocarse en el enemigo más irreconciliable.

Cuando alguien como nosotros logra lo que para nosotros era un sueño, cuando otro consigue algo a lo que ya habíamos renunciado, nuestro ego a veces no puede soportarlo, sobre todo si ese alguien, ese otro, está cerca en el tiempo, en el espacio, en edad o en reputación. Porque no es el coche, la casa, el traje o el éxito profesional o personal lo que está juego, sino nosotros mismos, lo que valemos o lo que somos capaces de hacer. Esto sólo pone de manifiesto una diferencia insoportable e inesperada, al demostrarse que ese sueño para nosotros prohibido es posible para el otro.


El envidioso está acostumbrado a meter cizaña con el propósito de lograr sus objetivos, a base de engatusar y confabular mentiras. ¡Ojo! El envidioso se disfraza casi siempre de amigo, como el lobo de oveja, para causar daño en el momento más inesperado, pues es un ser muy astuto, aún siendo un pobre diablo, que se ufana de tener más sapiencia y experiencia. Cuando en nuestra vida aparezca un envidioso, lo mejor es caminar con los oídos tapados y los ojos bien abiertos, para no escuchar los falsos cantos de sirena y no caer en las trampas que va dejando a su paso.
  
La envidia no perdona a quien llega a lo más alto de la pirámide ni a quien alza el vuelo por encima de los demás. La envidia es un arma muy poderosa que puede causarte la mayor herida y la peor agresión. No envidiemos, seamos felices con lo que tenemos sin dejar de luchar, que nos causen alegrías los éxitos de los demás o las metas logradas por ellos, y no olvidemos nunca, nunca, que LA ENVIDIA ES MALA COMPAÑERA EN EL VIAJE DE LA VIDA Y MUY MALA CONSEJERA...